October 31, 2014

Desde la plataforma de un camión (From the Platform of a Truck)

September 15, 2008 by · Leave a Comment 

Memories of the 1978 American League playoff game between the Red Sox and Yankees in two languages.

Tenía varios días arreglando los pormenores del viaje a Cumaná con Raimundo y Brairo. En julio había terminado el último año de Bachillerato. La emoción de ingresar a una Universidad me hacía andar a una velocidad similar al vuelo de los pájaros. Dos días antes había llenado la planilla del CNU en medio de una lista de requisitos que nos hacía sentir como hombres de negocios. Brairo señaló un renglón al final de la lista. La constancia de antecedentes penales había que sacarla en Cumaná.

Papá me dio un billete de cinco bolívares para pagar el carro por puesto. Agarré el radio con forma de cubo negro y lo metí bajo el brazo. Ese día jugaban los Yanquis y los Medias Rojas el partido de desempate para pasar al play off de la temporada de 1978.

Encontré a Raimundo bajo la sombra de la Ceiba al comienzo de la carretera que lleva de Cumanacoa a Cumaná. Habíamos acordado pedir una “cola”. Así dispondríamos de un dinero extra para pasear en Cumaná. Cuando el sol arreció entre las ramas del árbol, un camión sin carga se detuvo ante las señas de Ramón. Varios gritos atravesaron el aire de la tarde. Brairo corría con la voz   encerrada en el pecho.

Saltamos a la plataforma metàlica del camiòn. La brisa generada por el impulso del vehìculo aliviaba el ardor del sol en la piel. Cuando Brairo recuperò el aliento se encarò con Raimundo.

 _¿Y se iban a ir sin mì?

 Dijimos a la una en punto bajo la Ceiba.Ya es la una y media.

 El viento se llevò los gritos de Brairo. Señalò mi radio.

_¿Ya empezò el juego?

El ruido del viento impedìa escuchar el radio. El juego debìa comenzar a la una de la tarde. Bob Lemon, el manger de los Yanquis anunciò a Ron Guidry. Don Zimmer  se decidiò por Mike Torrez. Boston vio evaporarse una ventaja de 14 juegos en el mes de julio. Ahora debìa resumir la temporada en un juego.

Raimundo enfrentò su voz con el viento.

 _No vengas a disimular con el juego. Tù te traes algo entre manos.

Brairo sonriò. Mirò hacia el fondo de la carretera. Un racimo de nísperos se quedò suspendido en la mira cuando su madre lo gritò. Le recordó el viaje a Cumaná. Brairo sólo tuvo tiempo de vestirse.

_Si acaso me pare en la casa de Briceida para decirle que seguía pendiente con los nísperos.

Me pegué el radio a la oreja y le dí volumen. La voz de Buck Canel vencía al viento. “… es un elevado a la izquierda Yastrzemski espera y se va el primero de los Yanquis con un boleto, cero carreras, cero hits…”

A la altura de Tataracual se perdió la señal de la emisora. Carl Yastrzemski acababa de poner adelante a Boston con jonrón solitario. Mi sensación de disgusto se paralizó cuando Raimundo señaló un carro vino tinto que salió de la curva.

_¿Ese no es el carro de tu Papá?

El Caprice aceleró en la recta de Los Cocos. Distinguí los detalles del carro. Comprendí que estaba en aprietos cuando identifiqué la cara de tío Miguel a través de la ventanilla. Papá bajó la velocidad frente al camión. De inmediato aceleró. La imagen del regaño que me esperaba al regresar a casa apretó mi cuello hasta los confines del corazón.

Ramón se puso las manos alrededor de la boca. Quería saber como iba el juego. Giré el interruptor. La voz de Canel traspasaba una nube de interferencias. “…Chris Chambliss la rueda por las paradas cortas. Rick Burleson la toma y fuerza en segunda a Lou Piniella. Cuando han transcurrido 3 innings y medio. Boston sigue venciendo 1- 0 a los Yanquis…”

La tensión del juego diluyó un poco el miedo de tener que explicarle a Papá mi presencia en aquel camión. Sabía que tendría que hablar con él un buen rato. Sólo el duelo entre Torrez y Guidry detuvo la preocupación.

El camión entró a Cumaná a las dos de la tarde. Nos bajamos frente al cine Paramount. Cuando salté el radio casi cae al pavimento. El volumen aumentó. “…cuando tenemos cinco innings completos Boston sigue venciendo a los Yanquis 1-0.

Antes de llegar a la oficina de Identificación y Extranjería pasamos por la casa de mis abuelos maternos. Toqué el timbre varias veces. Busqué una lave en mi bolsillo. Le dije a los muchachos que pasaran. Llamé en todos los cuartos. La soledad saltaba en cada zancada. En el comedor me lancé sobre el televisor. La pantalla mostraba el terreno del Fenway Park. Varios minutos más tarde los comentaristas se disculpaban con la audiencia porque el satélite de transmisión ya no estaría disponible para el juego. Me quedaba el consuelo de haber visto el sencillo con que Jim Rice puso el juego 2-0 al impulsar a Rick Burleson.

En Identificación y Extranjería había poca gente. En menos de media hora teníamos la solvencia de antecedentes penales. Atravesamos la calle Ayacucho hasta la plaza Andrés Eloy Blanco. Frente a la muralla del río Manzanares compré una kolita Sifón. El color encarnado se evaporaba en mi paladar con efluvios de refresco. La brisa llenó mis pulmones cuando entramos al puente Guzmán Blanco.

Traté de olvidar el ajuste de cuentas que me esperaba al regresar a casa. El bullicio de la Avenida Bermúdez quedaba relegado ante mi búsqueda de argumentos sólidos para justificar mi presencia en la parte trasera del camión. El sol caía a plomo sobre Cumaná. Por mi rostro bajaban ríos de sudor frío.

Raimundo me templó el brazo varias veces.

  _ Mira Alberto. Tarzán sale ahora más temprano.

Un tropel de tambores de hojalata me hizo traspasar el laberinto del camión. Un hombre embadurnado en negro humo, esgrimía unas alas de metal y escupía rojo   vegetal sobre el asfalto. La gente se arremolinaba alrededor del diablo de Cumaná. Era una tradición popular que se extendía a lo largo del año. Por primera vez   no sentí miedo cuando Tarzán agarró el tridente y simuló enterrarlo en el vientre de un desamparado indiecito. Las perolas retumbaban entre mis sienes como el regaño que imaginaba me iba a dar Papá al regresar en la tarde a Cumanacoa. Hasta me dí cuenta que el tridente se desviaba milímetros antes de llegar a la piel del indiecito para romper una diminuta vesícula cargada de rojo vegetal. Las mujeres se llevaban las manos a los ojos y gritaban “¡Pobrecito!”.

Entendìa las carreras de los niños por esconderse detràs de las faldas de sus madres. Màs de una vez tratè de hacerlo y mamà me sacaba de los escondites màs rebuscados. No recuerdo otra ocasión que me haya molestado tanto con ella. Ese miedo brutal que me carcomìa la boca del estòmago regresaba abrochado a tener que enfrentar a papà en la noche.

El resto de la tarde nos distrajimos siguiendo los vuelos en picada de los alcatraces sobre el mar en Puerto Sucre. Estuve tentado a prender el radio. Me confiè en que los Medias Rojas seguìan ganando el juego. Ademàs de que el momento frente al mar despegaba cualquier mente de la rutina diaria, hasta de la amenaza de regaño que me aguardaba en casa.

Cuando el sol retozaba en el horizonte apretamos el paso por toda la Avenida Bermúdez hasta llegar a la estación de carros por puesto. Brairo me templò varias veces el brazo a mitad de trayecto.

 _¿Que te pasa Alberto? Ya con esta son como 3 muchachas bonitas y ni siquiera te das cuenta.

Cada paso que daba querìa reducirlo al máximo, para llegar a casa el mes siguiente cuando a Papà se le hubiese olvidado lo del camiòn.

Las sombras alargaron las dimensiones del carro entre los cocotales de la salida hacia Cumanacoa. En las curvas de Gamero   el chofer detuvo el carro. Varias personas levantaban las manos. Sobre el pavimento yacían dos cuerpos. Un olor volátil alborotaba el anochecer. Mientras levantaron el choque quise sintonizar el radio. Sólo salían ruidos de interferencia. El carro llamaba a seguir con una detonación en el escape. El chofer hundió el acelerador y dos nubes blancas salieron del escape. La orina se paralizó en mi vejiga y salí corriendo detrás de unos matorrales.

Raimundo me preguntó como iba el juego. Empezó a sonreírse. Dijo que solo los Medias Rojas echaban por la borda una ventaja de catorce juegos en julio. Me lo quedé mirando con ardor en los ojos. Las palabras no salían, igual que la parálisis al ver a Papá desde la plataforma del camión. Brairo recordó que Boston ganaba 2-0. Raimundo estiró los pies debajo del cajín delantero. Recitó las virtudes de un equipo inspirado como los Yanquis. Por algo tenían a un jugador al que llamaban Mister Octubre. Todavía ignoraba que razones le iba a dar a Papá para viajar a Cumaná en un camión. En medio de aquel laberinto emocional emergió el jonrón de Carlton Fisk en la Serie Mundial de 1975. Tomé impulso y le dije a Raimundo que los Yanquis iban a tener que echarle pichón para ganar.

A travès de la ventanilla sorprendì al sol contagiando de sarampiòn a las nubes y de azul marino a la noche. La brisa frìa fue insuficiente para tratar de explicarme por què seguìa un equipo tan irregular como los Medias Rojas. La desesperaciòn que sentì al ver como perdìan juego tras juego mientras los Yanquis ganaban y descontaban la volàtil distancia, me hacìa volver a los examenes del Liceo donde llegaba a las ùltimas preguntas cuando faltaba màs de media hora para terminar. No sè por què me sudaban las manos, sòlo pensaba en el reloj. Me parecìa resbalar por la cuesta de un cerro y no habìa ninguna mata de donde agarrarme. Al terminar el examen, veìa clarito la soluciòn de los problemas. Salìa al patio chasqueando el piso con mis zapatos de goma y esquivaba a mis compañeros.

El ulular de las chicharras destacaba los últimos relumbrones del atardecer. En las curvas de Bichoroco, Raimundo suspiró y asomó el rostro a la ventanilla. Un carro que venía pidiendo paso desde Cedeño pasó como un trueno.

  _Así van a pasar los Yanquis.

Apreté el puño derecho. La desaparición de la ventaja de catorce juegos permanecía atragantada en mi garganta.

La noche cojeò sobre el neumàtico del chofer. Un olor a caucho quemado borrò la carrera por el banderìn del Este de la Liga Americana. El chofer dirigiò el carro hacia unos matorrales aledaños a la carretera. Raimundo quizo ayudar con el caucho de repuesto. El chofer atravesò la barriga y levantò la mano.

  _Si quieres me ayudas a aflojar las tuercas.

El caucho desinflado me trajo las transmisiones de la serie entre Yanquis y Boston de la primera semana de septiembre. Los Medias Rojas parecìan los Osos Revoltosos, quizàs Walter Matthau hubiese dicho que sus muchachos lo hacìan mejor. Los marcadores de aquellos juegos me hicieron darle de puñetazos a la almohada y hasta al tronco de la mata de guayaba del patio. Todos los juegos se perdieron por màs de 3 carreras. Cuando levantè el caucho para meterlo en el baúl del carro divisè en medio de la oscuridad un punto brillante donde varios pedazos de vidrio se hundieron en la goma.

Al pasar por Arenas, aprovechè las luces y tratè de sintonizar la emisora en el radio. Solo escuchaba un ruido de fondo. En el radio del carro solo sonaba mùsica. Frente a la Ceiba de la entrada a Cumanacoa entrò la señal de Noti Rumbos con las noticias de las seis de la tarde. Adherí la oreja a la corneta del radio. Raimundo tuvo que gritar para   despedirse.

   -Mira chico, mejor vas pensando que le vas a inventar a tu Papà. Olvìdate de ese equipo, si perdieron 14 juegos de ventaja seguro que perdieron este tambien.

Seguì caminando por la calle Flores sin voltear a mirar.

En la esquina de la escuela la noticia saliò del radio como puñal en la espalda. “…y en dramàtico juego realizado esta tarde en Fenway Park, el torpedero Bucky Dent sentenciò a los Medias Rojas de Boston con un cuadrangular ante Mike Torrez en el sèptimo inning  que puso a ganar a los Yanquis. Desde allì no perdieron la delantera a pesar de los esfuerzos de Carlton Fisk, Jim Rice, Fred Lynn y Carl Yastrzemski quien entregò el ùltimo out con un elevado a la tercera base…”

Mis pasos tropezaron varias veces con la penumbra del crepúsculo. Una ráfaga de viento entrò por mi camisa como un bloque de hielo. Miraba hacia el cielo buscando el azul de la capa de ozono pero sòlo respiraba vapores espinosos. El parasol de cajas de cartòn que habìa improvisado a un lado del tanque de agua no serìa mi refugio preferido las pròximas tardes. Subirìa al techo de la casa, pero sin la misma emoción  de escuchar los nombres de Fisk, Yastrzemski, Eckersley, Evans y compañìa. Serìa inevitable imaginar como jugarìan los Medias Rojas en el play off.

Detuve mis pies en la esquina antes de llegar a casa. Quería que llegase pronto abril para ver a los Medias Rojas desquitarse de los Yanquis. La idea de ver a los Mulos de Manhattan en el lugar que debían ocupar   los Patirrojos borraba por completo los gritos de Papá llamándome desde el portal. Si sólo a Luis Tiant le hubiera tocado lanzar uno de aquellos juegos de septiembre a esos Yanquis.

A cada paso que daba hacia la casa me parecía avanzar a más velocidad de los 100 kilómetros por hora que rodaba el camión. Mis pies resbalaban en la plataforma. Aunque sentí un estallido en el pecho cuando pasó el carro de Papá, lo que permanecía en mi corazón eran los catorce juegos que los Yanquis se habían quitado de encima para dejar en el camino a los bostonianos.

Entré a la casa con la mirada en el piso. Tío Miguel me indicó que Papá me esperaba en la oficina. Había cierta dureza en sus mejillas. Quiso detenerme pero ya había empuñado la manilla de la puerta. Papá sacaba unas cuentas en la máquina sumadora. Un estornudo detuvo su tecleo.

  -¿Te diste cuenta de la imprudencia que cometiste?

En mis oidos todavía resonaba la campanita de NotiRumbos antes de la noticia de la derrota de los Medias Rojas. Bajé la mirada. Papá apagó el cigarrillo. Sus manos apretaron los dedos hacia arriba, parecían llamas ardientes que llegaban hasta sus ojos. Una andanada de venas brotadas inundaron su frente. Por su cuello corrían Orinocos de sudor. Dio dos manotazos sobre el escritorio que me hicieron parpadear. Bajé la mirada. Escondí mis ojos en un rincón que saliá varios metros más allá de las dimensiones de la oficina. Miraba mis zapatos, sobre el piso de granito aparecían los dibujos metálicos de la plataforma del camión. Resbalaba en cada curva. Me aferraba al radio en medio del deslizamiento. La voz de Papá quemaba el aire de la oficina, la tensión subió la temperatura de mis ojos. Quería hablar. Papá arremetía con trompetas en la voz.

Dos lágrimas asomaron en mis pestañas. La voz de Papá salía simultanea con la pelota atrapada en el guante de Graig Nettles. Papá gesticulaba y acentuaba las palabras cuando hablaba del camión y la facilidad con que una persona puede salir despedida de su plataforma al mínimo frenazo. Me llevé las manos a la boca varias veces. La pelota rebotaba contra todas las paredes. El concierto de percusión se extendía. Abría los ojos y desviaba la mirada hacia la confluencia de las paredes con el piso. Papá dibujaba una y otra vez   como me pude haber caido de la plataforma del camión. Mis manos pasaban sudorosas sobre mi frente, el jonrón de Bucky Dent seguía estallando entre mis sienes.

La brisa fría de la carretera seguía pinchando mi rostro en medio de la cinética de la vegetación. Papá subía la voz y saltaba de la plataforma del camión a la oficina. Seguía insistiendo en saber como fue que decidimos montarnos en aquel camión. Mis ojos solo llegaban hasta las rayas de cal del estadio donde los Medias Rojas acababan de ser eliminados por los Yanquis.

Los  pasos de papá alrededor de la habitación terminaban en explosiones de regaño. Para mí eran sólo chasquidos en medio de la desolación del Fenway Park. El desagrado de Papá aumentaba. En un momento me estremeció por los hombros. Me anunció que pasaría una semana sin la mesada de dos bolívares diarios. Sentí varios aguijones en los ojos. Guarecí el mentón en mi pecho y agarré el pomo de la puerta. Papá se levantó de su silla. Quiso acercarse pero abrí la puerta y salí disparado hacia el porche. En mi mente sintonizaba una y mil veces el radio de cubo negro para ligar el jonrón de Yastrzemski en el noveno inning. Siempre terminaba bateando ese mísero elevado al cuadro.

Papá quiso tranquilizarme al ver como me senté en la acera con la cabeza entre las manos

_Vamos. No es para tanto. Todos cometemos travesuras a tu edad y después nos reponemos.

Mi frente continuaba aferrada a mi antebrazo derecho. Si pero de seguro él no se había antojado de seguir a un equipo que perdiera una ventaja de 14 juego como los Medias Rojas. Reponerse iba a costar 6 largos meses hasta la llegada de abril. Mientras tanto había que aguantar el temporal de los yanquistas.

Aquella noche sólo recé una oración “¿Por qué Bucky Dent se tenía que antojar de dar jonrón hoy?”.

Papá levantó la mirada y respiró profundo. Dio dos palmadas en mi espalda y regresó a la oficina.

  -No te vayas a quedar mucho tiempo aquí.

Ahora el camión corría más rápido, en el radio sonaba   toda la voz de Buck Canel. Cada curva casi sacaba al camión de la vía. Mis pies permanecían clavados sobre la plataforma, en busca del inning del jonrón para repetirlo y darle otra oportunidad a Mike Torrez.

Un rumor de ráfagas zumbaba en la cola del camiòn. Me aferrè al techo de la cabina. El impacto de varias gotas me hizo voltear. Papà me alzò por los hombros. Le preguntè por què se trabaja tanto por algo para perderlo todo al final. Papà sacudiò el sudor de mi camisa. Me dijo que tenìa media hora vièndome desde la oficina.

    -Lo que pasò, es pasado. Ahora debes seguir adelante. Claro, debes corregir los errores.

Desde la plataforma del camiòn trataba de mirar el dugout de los Medias Rojas ¿Estarìan pensando en el jonròn de Bucky Dent? ¿Discutirìan como harìan la pròxima temporada para contener a los Yanquis?

Me fui hacia el cuarto con la cabeza entre los hombros.

La fotografìa en el periòdico me hizo detener en la acera bajo el sol matinal. Carl Yastrzemski en el dugout de los Yanquis felicitando a Reggie Jackson luego del juego. Doblè el periòdico y lo metì debajo del brazo. Las piedrecillas volaban al contacto con la punta de mis zapatos. Después de tirar el periòdico en el rincón màs alejado del cuarto, empezaron a aparecer imágenes màs serenas en mi mente. Yastrzemski debìa tener mucho carácter y autoestima para entrar al dugout de sus vencedores y reconocerles sus mèritos luego de una larga batalla de seis meses.

Las pròximas dos semanas olvidè por completo los tràmites para ingresar a la Universidad. En mi mente sòlo ebullìa el eco del ùltimo out a manos de Graig Nettles. Un mediodìa el niño de enfrente jugaba con unos globos de helio. El estruendo de un camiòn vacìo sobre la batea de la calle dibujò làgrimas en la cara del niño. Los globos volando sobre la plataforma del camiòn destaparon mis oidos para escuchar un radio que decìa: “La semana entrante vence el plazo para enviar los papeles al CNU”. Me levantè sin dejar de mirar la plataforma del camiòn. En otras noticias decìan que Boston habìa cambiado al lanzador Bill Lee a los Expos de Montreal.

Mientras sacaba los papeles de bachillerato de una carpeta regresò a mi mente aquella serie de cuatro juegos en septiembre. “Si al menos Bill Lee hubiese lanzado uno de esos juegos”. Salì a la calle para ver si veìa al camiòn ,solo quedaba el resplandor meridiano. Los globos flotaban muy alto sobre la calle.

 

English Translation

I planned to go to Cumana with Ramon and Brairo.  We had finished High School on July. The emotion of going to College made me fly like the birds. I had been filling some application forms two days before. Brairo told me there was a requisite we were missing. So we had to go to Cumana.

Dad gave me a 5 bolivar bill to pay the transportation. I took the black cube radio. That was the day when the Red Sox played against the Yankees to decide which team would advance to the 1978 playoff.

I met Raimundo at the big tree just at the beginning of the Cumanacoa-Cumanà road. We decided to hitchhike. That way we would have some extra money to spend at Cumanà.

When the sun shined among the tree branches, an empty truck stopped on Raimundo hands signs. Plenty of shouts crossed the air. Brairo ran asking to wait for him.

We jumped to the truck’s platform. The wind made us forget about the sun intensity. Brairo confronted Ramon as soon as he recovered his breath.

 “Were you going to leave without me?”

 “We said, we’d meet at one o’clock at the big tree. It’s already half past one.”

 The wind blew on Brairo’s shouting. He pointed to the radio.

 “Did the game begin?”

The wind’s noise made difficult to listen the radio. The game was supposed to begin at one o’clock. Bob Lemon, the Yankees’ skipper, had announced Ron Guidry. Don Zimmer decided to send Mike Torrez to the mound. Boston  lost a fourteen-game advantage from July to September.

I pushed my ear on the radio and raised the volume. Buck Canel’s voice defeated the wind. “… it’s a pop-up to the left field. Yastrzemski takes it and this is it for the Yanks in the first frame. No hits, no runs, just a base on balls.”

The radio signal went lost when we passed by Tataracual town. Just after Carl Yastrzemski’s homerun to give Boston a 1-0 lead.

The angriness went away from my face when Ramon pointed to a dark red vehicle coming from behind.    

“Isn’t it your Dad’s car?”

The Caprice increased speeds at Los Cocos straight way. I recognized the car’s features. I knew I was in trouble when I saw uncle Miguel’s face through the window. Dad decreased the speed in front of the truck. He accelerated after two seconds. The image of Dad getting mad at home that night pressed my neck until the last corner of my heart.

The wind whistled from all the sides. Ramon shouted to ask about he game. I turned on the radio. Canel’s voice emerged through an interference sea.  “…Chris Chambliss hits a grounder to short stop. Rick Burleson takes it and forces out Lou Piniella at second base.. After three innings and a half Boston still beats the Yankees 1-0.”

The game’s intensity made me forget about having to explain Dad why was I on the platform of a truck. The duel between Guidry and Torrez stopped all my worries.

We arrived to Cumana at two o’clock. While passing in front of the Paramount theater I raised the radio’s volume. “…and in five innings Boston 1 -  New York 0.”

Before going to the identification office to get the documents we needed, we stopped by my grandparents home. I knocked the door three times. I took a key from my pocket and told Raimundo and Brairo to come in. I called my Grandparents at all the rooms. Loneliness jumped at every step. At the living room I turned on the tv set.  The screen showed all the green surfaces of Fenway Park. A couple of minutes later the commentators excused because the satellite wasn’t going to be available to continue the game broadcasting. We just saw Jim Rice’s single to bring Burleson home. Boston 2 New York 0.

The identification office was almost empty. We got the documents in 20 minutes. We went straight ahead on Ayacucho street until Andres Eloy Blanco square. I bought a kola beverage in front of Manzanares river. The breeze refreshed my lungs at the Guzman Blanco bridge.

I tried to forget about the explanation I had to give Dad as soon as I got back home. The Bermudez avenue madding crowd got trapped inside my search of solid reasons to justify my traveling on the platform of the truck. The sun burned Cumana. Cold sweat rivers flew through my face.

Ramon hit my arm many times.

Look Alberto, Tarzan is coming out earlier.

The rumble of a tin can drum made me forget about the truck.  A man with carbon powder on his skin, moved two metallic wings and spitted red saliva over the pavement. People got closer to the Cumana’s devil. It was a popular tradition through the whole year. For the first time in my life I did’nt feel fear when Tarzan took the trident and simulated to push it on the belly of a little Indian.  The tin can drums sounded in my temples like the quarrel I imagined Dad was going to have with me. I got aware that the trident changed its way just few millimiters before reaching the little Indian’s belly, to break a little bag with red liquid. The women put her hands on her eyes and shouted: “Poor litlle Indian!”

I knew what the children felt when they ran to hide behind his mothers’ skirts. I tried it many times but Mom always carried me to meet the devil. I got very disappointed with her. That big fear was only matched by having to talk to Dad about the truck episode.

We spent the rest of the afternoon by watching the pelicans fishing in Puerto Sucre. I almost turned on the radio but I took it for granted that the Red Sox kept winning. Furthermore tha marine landscape really made me forget of everything for a couple of minutes.

When the sun jumped at the horizon we went back trhough the Bermudez Avenue. Brairo touched my shoulder. “Hey Albert What’s the matter with you? You don’t see even the pretty girls.”

I wanted to reduce each step in order to arrive home next month, when   Dad had forgotten about the truck.

We got in the car and paid the fare. At the beginning of the road a tunnel of coconut trees stretched their shadows on the way.

The pilot sopped the car at Gamero’s curves. Some people raised their hand from one side of the road. Two persons laid on the pavement. A blood smell filled twilight. I tried to get the ballgame radiostation while the collision was solved. I only got interference noise. The pilot called to continue the trip. The urine got trapped in my bladder and I had to run from behind some trees.

Ramòn asked me about the game. He began to laugh. He said that only the Red Sox wasted and advantage of fourteen games. I looked at him with fiere in my eyes. I couldn’t speak like when I saw Dad’s car from the platform of the truck.   Brairo recalled that Boston was winning 2-0. Raimundo stretched hius feet under the seat and talked abouit the Yankees inspiration. It wasn’t in vane that Reggie Jackson was called Mister October.

I still didn’t know what I was going to do to explain Dad about my trip on the platform of the truck. In the middle of that emotional labyrinth, the Carlton Fisk home run in 1975 World   Series came to my mind. I took a breath and told Raimundo that the Yankees would have to hustle a lot to win that game.

I looked through the window and catched the sun infecting  the clouds with the reddest fever. Thel cold breeze wasn’t enough to explain myself why did I follow a team like the Red Sox.  I got back to high school examinations each time the Red Sox lost a game while the Yankees won and erased the distance. It was almost the same with those tests. I arrived at the last question with more than 30 minutes left.   I couldn’t explain myself the reason of that sea of sweat in my hands. I only had brain for the clock. It was like I was falling down from the top of a hill and no trees were to stop the sliding. When everything was over I saw very clear the answer of the questions. I went outside hiting the floor with the soil of my shoes.

The cricket’s orchestra performed in the last twilight sparks. At Bichoroco’s curves of the road, Raimundo took his head out of the window. Another car passed as a thunder. “That’s the way the Yankees ar going to beat the Red Sox.

I pressed my right fist. The evaporation of those fourteen games remained in my throat.

A smell of burned tire disappeared the run for the American League East Division Pennant. The pilot led the car to a side of the road. Raimundo wanted to help with the spare tire. The pilot showed his left palm hand. “If you want to help, loosen the bolts.”

The flat tire remembered me   the Boston-Yankees series of September first week.  The Red Sox looked like the Bad News Bears. Maybe Walter Matthau would  have said that his guys performed better. Those games scores made me hit the pillow with all the strength of my fists. They lost all the games for more than   three runs. When I raised the tire to store it in the trunk I notice a bright spot in the middle of it. A bunch of broken glasses were inserted trough the tire.

While passing by the town of Arenas I tried to dial the game’s radio station. I only heard that interference noise. In front of the big tree at Cumanacoa’s entrance I got the Noti-Rumbos news report. I pressed the radio against my ear as we got off the car. Raimundo had to shout to say good bye. I kept listening to the radio. “Look boy. You’d better think about what are you going to tell your Dad. Forget about the Red Sox. If they lost 14 advantage games, they sure lost this one too.”

I kept walking on Las Flores street without looking back.

At the school corner the news came from the radio like a knife in the back. “…in a dramatic game played this afternoon at Fenway Park, shortstop Bucky Dent killed the Red Sox with a home run before Mike Torrez in the seventh inning. From then on the Yankees never lost the lead no matter the efforts of Carlton Fisk, Jim Rice, Carl Yastrzemski who gave up the last out in a pop-up to third base…”

I almost fell down over the sidewalk. A   blow of wind carried all the night darkness over my back. I looked to the sky looking for the ozone layer blue but I only felt thorny vapor. The cardboard  roof I improvised at a side of the water reservoir wouldn´t be a refuge for me the next afternoons of play off games. I would clim the house’s roof but the emotion wouldn’t be the same as when I listened to the names of Rice, Fisk, Evans, Torrez, Yastrzemski, Tiant and company. It would be a pity to imagine how the Red Sox would perform in the play off.   

I stopped my feet at the last corner before home. I wanted April to come soon to watch the Red Sox taking revenge from the Yankees. The idea of seeing the Manhattan Mules at the place the Red Sox should be, erased completely Dad’s shouts from the porch. If only Luis Tiant would have thrown one of those September games against the Yankees.

Each step I advanced home it seemed to me I was running faster than the truck’s hundred miles per hour. My feet slipped on the platform. No matter the bang I felt on my chest when Dad’s car passed by the truck what remained in my heart was the fourteen games the Yankees took out to leave behind the Red Sox.

I went into the house with my eyes on the floor. Uncle Miguel told me Dad waited for me in his office. I pushed the door. Dad read a book on the desk. He showed me the chair. “Do you realize what have you done?”

The Noti Rumbos news report’s little bell  before they informed the Yankees had defeated the Red Sox still sounded in my head. Dad threw his cigarette. A bunch of veins came out from his forehead. On his neck ran many sweat rivers. He hit the desk with the palm of his hand. I hid my eyes in the farthest corner. I looked at my shoes. On the floor appeared a lot of metallic drawings that resembled the truck’s platform. Dad’s voice burned the office’s air. Each time I tried to talk, Dad raised his trumpet’s volume.

Two tears came at the border of my eyes. Dad’s voice came together with the ball caught at Graig Nettles’ glove.  Dad made gestures while talking about the risks of traveling in the platform of a truck driving at high speed. I put the hands on my mouth many times. The ball bounced on all the walls. Dad illustrated once again how I could have fallen from the truck. My hands  got wet with the sweat on my forehead. Bucky Dent’s home run boiled in my temples.

The cold breeze kept hitting my forehead in front of the road kinetic. Dad kept asking about how we decided to travel on that truck. My eyes only arrived to the white lines of the stadium where the Red Sox had lost to the Yankees.

Dad’s steps around the room ended in mad explosions at me. To me it was just little sounds at Fenway Park’s silence.  Dad’s upsetting increased. He scrambled my shoulders and told me he wasn’t going to give me any money for one week. I went out to the porch. In my mind I dialed a thousand times the last Yastrzemski at bat. Bu he always finished batting that pop-up to third base.

I sat on the sidewalk with my head on my hands. Dad came to calm me down. “Come on. Everybody makes those mistakes at your age.”

My forehead kept welded to my right forearm.  Yes, but he didn’t followed a team losing a fourteen-game advantage.   

That night I said just a prayer:   “Why Bucky Dent had to smack a dinger today?”

Dad raised his gaze, took a deep breathe, gave me some pats on my back and went back to the office. “Remember your bedroom is inside, not here.”

Now the truck ran faster, the radio sounded with all Buck Canel’s voice. Each curve almost took the truck away from the road. My feet remained planted on the platform. I looked for the homerun inning to repeat and give advice to Mike Torrez.

A dry rumor buzzed at the truck’s tail. I pressed my hands against the cabin’s roof.  Dad raised me by my shoulders. I asked him why we work so much for something if at the end we’ll lose it. He told me he had half an hour looking at me from the office. “Leave in the past whatever it happened.  No you have to keep going. Of course you’d better solve your mistakes.”

I tried to look at the Red Sox dugout from the platform of the truck. Would they be thinking about Bucky Dent’s homerun? Would they discuss about how to do to beat the Yankees next season?

I went to my bedroom with my head between my shoulders.

The newspaper picture made me stop on the sidewalk under the morning sun. Yastrzemski congratulated Reggie Jackson at Yankees clubhouse after the game.  I folded the paper and put it under my shoulder. I kicked a bunch of little stones and them flied like rockets.

Once I threw the paper at the last corner of the bedroom I started to see quieter images in my mind. Yastrzemski had to have a lot of character and self steem to go to his rivals’ dugout and recognize their merits after a six month battle.

The next two weeks I forgot everything about going to College. That last out kept boiling in my thoughts.

One noon the next door boy played wit some helium globes. The rumble of a truck at the corner brought tears to the boy’s cheeks.  The globes flying over the street made me listen to a radio news report. “Next week is the last one to send the College Application Forms”. I kept looking at the truck. In other news they told that Boston had sent pitcher Bill Lee to the Montreal Expos.

While I took out my High School papers from a folder. It came to my mind that four-game series at September. If Only Bill Lee had thrown one of those games! I went out to see the truck. It only remained the sun splendor. The globes floated very high in the sky.

 

 

 

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